IN HOC SIGNO VINCIS -MaRCo g. -

Monday, November 28, 2005

Alfred Murrah.

El día que ocurrió el bombazo en Oklahoma City, que fue un 19 de abril, recuerdo que me levanté tarde y en quince o veinte minutos salí volando a la práctica de producción de noticieros. Estaba la avenida del campus vacía, ya que todas las clases ya habian empezado. Y apenitas escuché a dos personas que venían platicando, muy informalmente, que hubo un atentado en el centro de la capital del estado. Probablemente un coche bomba o algo así. Eso era todo.
Faltaba muy poco para que la grabación empezara. Yo, dentro de la normalidad rutinaria, me acomodaba los audífonos que colgaban de mi cámara mientras esperaba la prueba del balance de luz. Se nos avisa entonces que siempre no va a haber noticiero OU. A mí me avisó más bien el movimiento de los comentaristas, ya que los audífonos los traía puestos pero aún no los conectaban y en realidad ni siquiera oí las voces en el fondo.
La puerta del estudio estaba detrás de las cámaras y daba a la cabina. Por tanto, era obligatorio que pasaramos por todos los monitores. Entre que observábamos la transmisión en vivo de un canal local, el profesor nos explicaba que, en vista del trágico incidente, aprenderíamos más viendo como los medios cubrían el atentado en vivo, que grabando el noticiero. Aún no habían imágenes del edificio destruído.
Cambiamos de canal, y en el otro ya tenían una vista aérea de lo acontecido. Era mucho más grande que el coche bomba que me había yo imaginado. Era mucho más grave que los vidrios rotos que pensé habrían volado. Era un comentario corto y solemne de un maestro que antes era cínico y extremo.
Regresé al dormitorio una hora después, y en el camino encontré a un amigo que trabajaba en la cafetería. Siempre amable, responde a mi pregunta: "Nation of Islam". Me pareció raro. Ese grupo no es terrorista. No creo que sea fundamentalista. No creo siquiera que mi amigo sepa de qué se trata. Lo que oyó, supuse, lo repitió.
Siendo, principalmente, una región decididamente religiosa, cristiana en general, pensé que la idea de una jihad, de un atentado glorioso que le asegura entrada al cielo a un musulmán ferviente; de atentar contra niños, semilla del cristianismo del presente; de atentar contra el poco pudor y supuesta vaga moral de la mujer occidental, que por ser cristiana presuntamente desoye la voluntad divina... de todo eso, parecería natural que un acto así sólo viniera de tales orígenes. Pero se me hacía extraño el por qué esa militancia no hubiera escogido un sitio más cosmopolita. Como Nueva York, por ejemplo.
Me voluntarié para ayudar en el rescate de víctimas. Pero una vez allí, a causa de mucho voluntariado y límites establecidos, al final quedé como espectador. Parece increíble como un prominente referente de la ciudad, en cosa de minutos, volara en mil pedazos y dejara montañas de escombro, además de toda un esqueleto arquitectónico en ruinas. Olía a quemado, a concreto hecho polvo, y a muerte. Era claro, a juzgar por la escena, que nadie lo esperaba. Nadie seguro pensó que ese día podría morir. Pensé en que, cuando me ponía los audífonos, ni siquiera de tajo imaginaba mi muerte. Que éste era el famoso cochecito bomba que algún bromista puso en la mente de las muchachas cuya plática había yo viboreado. Alfred Murrah, así finalmente supe que se llamaba el edificio.
Años después vi las imágenes de Bagdad bombardeada; de las oficinas ministeriales y gubernamentales, puedo imaginarme poco de lo que deberá ser tener enfrente a varios Alfred Murrahs con su humo ascendente, con la sensación de ver el mundo boca abajo, de saber somos concreto, somos combustión, y somos muerte. De no saber si es más deliberado matar inocentes, o ponerse en donde los inocentes están. Y pensar que todos nacimos inocentes. Ignorantes. Laicos. Contentos de ser uno mismo.
Y el autor de aquel atentado, resultó ser un exmilitar estadounidense cristiano.


IHSV

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